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La memoria y el oficio teatral: cuando dos maestros se encuentran con su público en “La Última Función”

por Mariana Sapienza

En el histórico Teatro Malayerba de Quito, con sala llena en un viernes de mucha lluvia, Julio Eraso y Salomón Gómez se presentaron un 13 de febrero como invitados de honor para el cierre del Primer Ciclo Internacional de Teatro Crítico y Popular, generando una noche inolvidable para su público, quienes salimos inspirados a seguir trabajando en un sentido de creación colectiva, comprometidos con la historia de nuestros países hermanos. 

Los dos actores pastuzos comienzan su obra con una imagen simple: un actor dormido en un banco de plaza, en una noche de carnaval en Pasto, y luego otro actor aparece, lo reconoce y lo despierta. Es a partir de ese encuentro casual entre dos viejos amigos, en plaza pública, que somos invitados a recorrer junto a ellos sus historias, sus puntos de vista sobre el hacer teatral y sobre su propio país.

No hay explicación previa ni introducción solemne, y la escena se instala con naturalidad, como si estuviéramos acompañando este encuentro entre dos amigos que quieren dialogar y seguir creyendo en su oficio, ya que eso es lo que sostiene la posibilidad del encuentro, del entenderse en el mundo y, por consecuencia, lo que abre la posibilidad de transformarlo.

El carnaval de Pasto no es una excusa, sino un contexto vivo. Es el momento del año en que la ciudad se transforma y la calle se vuelve espacio compartido, donde las memorias individuales circulan junto con la memoria colectiva. Desde allí, el diálogo entre ambos actores comienza a desplazarse entre recuerdos personales, fragmentos de la historia colombiana y episodios del teatro del país. Lo íntimo y lo histórico se entrelazan sin jerarquías rígidas.

En ese tránsito aparece la pregunta que atraviesa todo el montaje:
¿Ustedes tienen memoria?

La formulan entre ellos y la dirigen al público sin rodeos. No es una provocación ligera, sino una condición para continuar - lo advierte Salomón Gómez, pidiendo a su compañero Julio Eraso que la haga directamente al público, pues solo con una respuesta positiva valdría la pena seguir. A partir de ese momento, la memoria deja de ser simple evocación del pasado y se convierte en eje estructural de la obra, porque lo que se recuerda no está allí para ser contemplado con nostalgia, sino para ser pensado en el presente.

La dramaturgia, escrita por el mismo actor Salomón Gómez, no sigue una línea recta. De manera muy creativa, y con una fuerte creencia en la inteligencia e imaginación del público, está construida por fragmentos, por saltos, por retornos, por escenas que se abren y se interrumpen para dar paso al relato o a la reflexión. Los actores narran y actúan, comentan y encarnan, alternando entre personaje y narrador con fluidez. Y tenemos delante de nosotros un teatro que habla del teatro, en donde la biografía se mezcla con la historia colectiva. Con la dirección a cargo de Mario Miranda, quien supo aprovechar las posibilidades creadas por esa dramaturgia y por la experiencia y las referencias que los actores cargan, la puesta en escena fue construida para subrayar esos elementos y, por lo tanto, no busca crear una ilusión cerrada, sino mantener visible el proceso. Una gran apuesta por la capacidad de los actores de sostener la narrativa, que permite al espectador observar cómo todo se arma y se desarma a cada momento.

En varios pasajes es evidente el diálogo con procedimientos del teatro épico y, sobre todo, con su punto de vista sobre el mundo. Esta relación con el teatro épico no es casual. Para el teatro colombiano, y particularmente para Julio Eraso y Salomón Gómez, la referencia brechtiana ha sido una fuente importante de formación y reflexión. En la obra se percibe esa herencia como una ética del trabajo teatral, y vemos a dos actores que se muestran conscientes de su oficio y lo utilizan para intentar algún tipo de influencia en la sociedad, en este caso representada por su público.

La puesta en escena acompaña esa decisión. El espacio es casi vacío: un banco, un tambor, un pañuelo y algunos objetos más. A partir de allí, los objetos cambian de función, se reinventan y estimulan la imaginación del público. En cada nueva escena, en cada nuevo personaje que cruza el escenario, la transformación se hace visible delante del público y no depende de grandes recursos técnicos ni parafernalias, sino del cuerpo y de la palabra. No hay adornos ni excesos; hay una confianza sostenida en la presencia del actor.

 

 

Esa confianza se sostiene porque vemos a dos intérpretes profundamente formados, capaces de habitar ese espacio sin vacilaciones. A lo largo de la obra nos muestran distintos estados, todos relacionados con su propio trabajo, como el hambre, la alegría, el cansancio, la euforia, el desánimo, la reinvención y la pérdida, y transitan entre todo eso siempre conectados con el público y, más que todo, con el significado de cada elemento y cada información que eligen mostrar. Vemos el sainete, al maestro Santiago García, a un actor queriendo descansar, la masacre de las bananeras, la militarización, la historia de un país y su gente, el fracaso pero también la resistencia.

La memoria, entonces, no aparece como museo ni como colección de anécdotas. Se presenta como proceso, como algo que se reactualiza en cada escena. La obra juega con la historia sin solemnidad, evitando el tono monumental y permitiendo que el humor conviva con la reflexión. Entre risas, música y relato, el montaje encuentra un equilibrio que mantiene la historia como presente, como elemento fundamental para pensar nuestro futuro.

El epílogo condensa esa dimensión humana. Ambos actores sentados, a ratos mirándose y a otros desviando la mirada, acercándose y distanciándose, dejan que el silencio ocupe un lugar central. No hay cierre grandilocuente, sino un momento de suspensión que nos recuerda que la vida continúa más allá de la escena.

En los tiempos que vivimos, la obra adquiere una resonancia particular porque no ofrece respuestas cerradas e insiste en la pregunta inicial. ¿Tenemos memoria? ¿Qué hacemos con ella? Desde esa persistencia, La Última Función va mucho más allá que simplemente representar una historia del teatro colombiano, porque nos invita a participar de una conversación más amplia sobre la transmisión, la responsabilidad y el sentido del oficio teatral.

En ese gesto, la obra se inscribe en una tradición latinoamericana que dialogó intensamente con Brecht y que encontró en el teatro épico una herramienta para pensar la realidad y cuestionar sus estructuras. Sin discursos grandilocuentes, demuestra que escena y pensamiento pueden caminar juntos, y que recordar es también una forma de intervenir en el presente.

Actuación: Julio Eraso y Salomón Gómez

Dirección: Mario Miranda

Música original: Adrián Álvarez

Coproducción: Teatro La Guagua, Teatro Tragaluz y Fundación Cultural Rayuela Pasto.

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